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Dicen que José Ciscar, hijo de Pepet, dueño del Bar Rialto (Moraira), posteriormente alcalde de Teulada cuando fracasó esta pedanía en sus intentos secesionistas, y después acortando distancias con la Generalitat Valenciana, es un político dialogante, además de ambicioso. Quienes le conocen añaden que Ciscar es el nuevo rostro, fuerte y dinámico, del ya acartonado PP valenciano.
No tengo ni idea. Lo único que tengo son algunos recuerdos de los tiempos en los que el hijo de Pepet, dueño del Bar Rialto y sobrino de Salvaoret, también dueño del mismo bar, correteaba con pantalones cortos por un pueblo idílico de pescadores que dejó de existir tal como lo conocimos cuando llegó la electricidad.
Recuerdo el Bar Rialto como si lo estuviera viendo. Escribí un par de veces sobre este bar situado frente a la Lonja del pescado donde había un teléfono de pared con manubrio (el único del pueblo) por el que pedías conferencias a una telefonista afónica que las recibía en el portal de una casa de Teulada. Aquella mujer tomaba nota del número y anunciaba el tiempo que tardarían en concederla. Por urgente que fuera la llamada, era preciso esperar como mínimo una hora. Permanecías cerca del teléfono para oir el timbre, aunque luego apenas oyeras al interlocutor. Tampoco esto importaba demasiado. La conversación se cortaba indefectiblemente. Y entonces salías de la Lonja con cara de merluzo.
Salías de allí y tomabas asiento en la terraza del Rialto con las chicas que venían en verano al Portet de Moraira, algunas fracesas, otras españolas. También las estoy viendo. Pedías un agua de limón y una ración de berberechos que servía Pepet y, en ocasiones, tomabas una palomita (absenta con agua) con los pescadores en la barra, y aquél mejunje volvía turbio el vaso y aún mas turbia tu cabeza.
Con la cabeza dándote vueltas desandabas a la luz de la luna el camino de tierra hasta la pensión Boira, que era muy modesta, y allí escuchabas radio Pirenaica, o algo así, en un aparato con pilas que sintonizaba cada noche el amo de la pensión, un pescador llamado Paco.
Pepet, el padre del actual vice presidente de la Generalitat, encendía al atardecer con mucha parsimonia un enorme petromax colgado en la fachada del Rialto. Esta lámpara de barco producía una aparatosa explosión de llamas y de júbilo, puesto que la maniobra de iluminar el bar revestía cierto peligro, por lo que los clientes aplaudíamos al artificiero mayor, justamente halagado.
Pienso que el hecho de que José Ciscar sea un tipo ambicioso y dialogante no es casual. Creció detrás de una barra, frente a un puerto natural que con los años se transformó en un club náutico cercado por construcciones de cemento y de hormigón que sólo dejaron de multiplicarse con la llegada de la crisis del ladrillo, esa burbuja del horror.
José Ciscar fue alcalde de Teulada, un Ayuntamiento que repartió licencias de obra a mansalva. Ciscar era, y supongo que sigue siendo, abogado.
¿Cómo alguien con estos antecedentes no va a ser una persona ambiciosa y dialogante? Podría ser incluso ventrílocuo. Podría preguntarse infinidad de cosas y responderlas él mismo sin mover los labios, sin gesticular.
Las expectativas que ha creado en la Generalitat no me sorprenden. Los del PP harán de él un icono. ¿O acaso un joven ex alcalde de pueblo no puede permitirse dar ejemplo a una rancia alcaldesa de ciudad, copiloto del señor de los trajes For Ever Young (mejor no mencionar su nombre), patrocinadora de eventos y monumentos, de puentes y subpuentes de la marca Calatrava, de copas, regatas y carreras, la populista Rita Barberá?
Ciscar dice que los tiempos de grandes eventos han pasado. Y ahora nos toca recoger los vidrios rotos de una ruinosa arquitectura-espectáculo pagada alegremente con dinero público. Hay que bajar del burro y subir impuestos.
Pero contamos con José Ciscar, la revelación del año. A ver si dura un año y es capaz de ordenar el desorden imperante. Pagar o no pagar no es la cuestión cuando no hay dinero. La cuestión es no pagar lo que no hay que pagar, como se estuvo haciendo durante demasiados años, recuperar lo que nos han birlado, no traer al Papa de Roma ni a Mahoma de la montaña. La megalomanía de unos cuantos despilfarradores nos ha empobrecido a todos bajo la asombrosa inoperancia de una oposición de aficionados.